Tradicionalmente, la publicidad ha sido una herramienta de Marketing cuyo objetivo es dar a conocer y posicionar mediante un conjunto de estrategias un producto o un servicio. Muchas veces ( y no siempre ) se pretende un retorno de esa inversión en publicidad en forma de ventas.

Una parte fundamental de esa estrategia ha sido comprar el tiempo y el espacio del consumidor, anteponiendo la cantidad por encima de la calidad, consiguiendo el efecto contrario.

Siempre han existido anuncios en revistas a los que hemos despreciado pasando la página rápidamente y spots de televisión que hemos aprovechado para ir al baño o a hurgar en la nevera, pero quizás, no hemos sido conscientes del poder de elección del consumidor hasta la aparición del contenido digital.

Ahora pagamos para que no se invada ni nuestro tiempo, ni nuestro espacio. Pagamos servicios como Netflix o Spotify para disfrutar del contenido sin sentirnos saturados con mensajes que, la mayoría de las veces, no van con nosotros. Queremos tener el control de lo que queremos ver y lo demostramos pinchando indiscriminadamente en el botón “Saltar anuncio”.

¿ A dónde quiero llegar con todo esto ?

Pues, básicamente, en que a la gente no le gusta la publicidad, pero le gustan determinados valores que transmiten las marcas. Les gusta sentirse identificados con ellas, que se les hables de tú a tú, hacerles partícipes, conectar emocionalmente, adoran las cosas diferentes y creativas…

Esa es línea de partida en la que tenemos que posicionarnos los creativos, pero sobre todo, algunos clientes que no han sido capaces de entender hacia dónde camina la PUBLICIDAD:

A crear anuncios que no parezcan anuncios. A generar contenidos o historias interesantes que conecten con las personas, de mano de una estrategia de medios que seleccione los canales de comunicación de manera inteligente, para que la marca quede asociada de forma subyacente en la mente del consumidor.

Ya no vale simplemente argumentar que “mi lejía lava más blanco“. Ahora hay que contar la historia de un niño que siempre fue seguidor del Barça al que quiere fichar el filial del Real Madrid porque su madre o su padre metió sin querer el uniforme azulgrana en la lavadora y ahora está totalmente blanca. Esa es la diferencia.

Las vallas, los folletos, los anuncios, las redes sociales y lo que venga, seguirán ahí, adaptándose a los tiempos. Cambiando en las formas, no en el fondo.

Que viva la buena PUBLICIDAD.

 

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Ricardo Marichal.
Creativivo y Disoñador.

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